![]() |
| Danielle Orange |
El
campo da miedo. Hace dos kilómetros que he llegado a esa conclusión, y sigue
sin parecerme seguro, y mucho menos confortable. Tengo que llegar al final para
poder dormir por fin. Lo malo de todo esto, es que el fin no parece llegar
nunca. Subo una colina, pensando que, al llegar a la cima, veré por fin el
bosque, o un pueblo, y solamente me encuentro con más descampado y hierba
muerta.
Lo
más cercano es un pueblo pequeño, de una treintena de habitantes más o menos,
según el plano. Lo consulto de nuevo. No me queda mucho.
De
hecho, ahora mismo estoy plantado sobre la plaza mayor. El mayor problema reside
en que, justo a mi lado, no hay nada. Está tan desierto como los últimos
kilómetros que he recorrido, desde que abandoné el pueblo del borde. Y como los
que me quedan a la vista.
No
puedo más. Tengo que descansar.
Apoyo
mi mochila en el suelo y me dejo caer a su lado. Aparto un par de piedras con
el pie y me pongo a dibujar en la tierra con un palo. Dibujo concentrado, con
los ojos entrecerrados y las cejas fruncidas, como cada vez que lo hago. Mi
hermana Luna siempre se reía de mí cuando me veía, aunque hacía ya dos años que
no lo hace. Los dos años que han pasado desde la última vez que la vi. Sabía de
ella por sus extensos correos electrónicos, pero he dejado de leerlos y, por
supuesto, de contestarlos, por seguridad. También he borrado mi cuenta de
correo. Incluso cambié mi vieja BlackBerry por uno de esos ladrillos con teclas
de los señores mayores, esos que es imposible rastrear.
Porque
nos siguen.
Lo
he comprobado. Alguien sigue mis pasos, mientras vigilan el orfanato de mi
hermana.
Yo
también había ido a ese orfanato. Cuando asesinaron a mis padres, hace ya
muchos años. De hecho, hoy se cumplen siete años desde que me los encontré en
el recibidor, sin vida, después de haberme quedado debajo de aquella mesa de
madera, abrazado a mi hermana, consolándola. O consolándome a mí. Nunca sabré
qué sentí en aquel momento.
Dejo
mi mano quieta por fin, observo la tierra removida. Y esbozo una triste
sonrisa, semejante a la de la persona dibujada en el suelo. Porque he dibujado
a una persona. En concreto, a tres. Una pareja joven, de unos treinta años, me
observa con una sonrisa en los labios. El brazo de él rodea los hombros de
ella, y la otra mano está posada en el cabello de una niña pequeñita que está
agarrada a la mano de la mujer. Está peinada con dos trenzas de espiga, y me
sonríe también, abrazada a una muñeca de trapo, que tiene una trenza hecha y la
otra despeinada.
Echo
de menos a mi familia. Echo de menos a mi hermana. Salí del orfanato el día que
cumplí los dieciocho en busca de la verdad, y todo lo que he encontrado es el
mapa que me ha traído aquí, a un lugar absurdo, en medio de la nada, donde todo
es tan penoso como mi vida desde que alguien asesinó a mis padres.
El
plano lo encontré en una cuenta secreta que tenían mis padres, y cuya
contraseña era demasiado fácil, lo que me lleva a sospechar que querían que me
encontrase de cara con este plano en caso de que muriesen. Su trabajo sigue sin
quedarme claro pero, por muy fantástico y absurdo que suene, creo que viví con
dos espías del gobierno toda mi vida y no lo sabía.
Eso
es lo peor. Saber que sabían que iban a morir. Que iban a matarlos. Que íbamos
a quedarnos solos.
Suspiro
mirando mi dibujo, y me entran ganas de llorar, pero las retengo y miro la
arena fijamente.
Los
ojos de tierra de mi familia se clavan en mí antes de que pase la mano sobre el
dibujo y lo borre, como trato de hacer con mis pensamientos antes de volverme y
sacar un tupperware de la mochila. De
él saco un trozo de empanada y devuelvo el tupper
a la mochila. Mientras como, me imagino a mi hermana comiendo también, con sus
amigos, y por un momento añoro la comida del orfanato. Pero es solo un momento,
porque al momento siguiente oigo unas pisadas y me levanto corriendo, dejando
caer el palo con el que dibujé a mi familia.
Es
una chica. La veo desde antes que trepe la colina. Es distinta, es el único
adjetivo que se me ocurre para describirla. Después, me doy cuenta de que no estoy
siendo justo y la observo nuevamente. En realidad, no es tan diferente. Es solo
que no se parece a las chicas del orfanato, que eran todas iguales. Tiene un
toque especial.
Su
cabello, rojo como el fuego, llama la atención desde la lejanía mientras se
acerca. Cuando se acerca a mí, sin miedo, veo que sus ojos son azules, algo
oscuros, misteriosos y, hay que admitirlo, preciosos. Son hipnotizantes. Tiene
las mejillas sonrosadas, pómulos altos y la frente escondida tras un flequillo
ladeado. Sonríe, y no tengo ni idea de por qué. Es de altura normal, aunque
parece más alta al estar subida a esas botas de tacón. Las miro dos veces,
sorprendido de que pueda haber llegado hasta aquí con esos tacones.
Lleva
un peto corto vaquero, con una camisa de cuadros rojos debajo. La melena se la
ha recogido en una coleta alta y, con la cara despejada, es guapa. No es
belleza de portada de revista, pero tiene algo que te fuerza a mirarla dos
veces. O, por lo menos, a mí me ha ocurrido.
Y
entonces, su sonrisa se ensancha al mirarme y extiende una mano, haciendo
tintinear dos pulseras finitas.
—Hola.
Soy Danielle Orange. ¿Qué estás haciendo aquí, solo?
—Puede
que lo mismo que tú, puede que algo distinto.
—Bien,
hombre sin nombre. ¿Buscas tú también a Blas?
—¡¿Qué?!
—¿Eres
tú, verdad? Ellos me lo dijeron. Sabían que estarías aquí, fueron los que te
dieron comida. Por cierto, espero que te guste la empanada, la hice yo.
—Vaya,
gracias. Pero, ¿de qué conoces a los señores?
—Me
ayudaron. Bueno, Blas. ¿Qué estás buscando? He venido a ayudarte. Los abuelos
me han pedido que te eche una mano, y eso voy a hacer.
Parece
tan segura cuando habla, le pone tanto aplomo… Pero es absurdo. No sé quién es,
ella no sabe quién soy, y yo trabajo solo. No voy a permitirle ayudarme. No la
necesito.
—Mira,
Danielle. Sé que lo haces con buena intención y todo eso, pero yo trabajo mejor
solo. Así que gracias por tu ofrecimiento, pero creo que continuaré sin ti.
Y,
dicho esto, me doy la vuelta, me cuelgo la mochila al hombro y continúo mi
camino. Pero parece que no es tan fácil librarse de esta chica. Se oye un
taconeo contra una piedra y la chica vuelve a mi lado, caminando a mi paso, por
mucho que me apresure. Pero tampoco es plan de correr, y el páramo no es mío,
así que me digo que no importa compartir su compañía, mientras no se meta en
mis cosas.
Así
que me giro y vuelvo a encararla.
—A
ver. Lleguemos a un acuerdo. Siempre se puede llegar a uno. ¿Por qué me sigues?
—Quiero
ayudarte. —Su simple y llana respuesta me hace fruncir el ceño.
—¿Y
cómo pretendes ayudarme?
—Eso
es lo que no me has dejado decirte. Tengo algo para ti.
—No
voy a aceptar nada a menos qué me digas quién eres en realidad y de dónde se
supone que has salido. Y por qué quieres ayudarme. ¿Qué significa esto? ¿Quién
demonios eres?
—Lo
que recuerdo es lo que te he dicho. Me llaman Danielle Orange, tengo veinte
años y he vivido desde que tengo memoria con la pareja que regenta la posada
del pueblo del borde. En estos dos años he aprendido lo que la gente normal
aprende en toda su infancia y adolescencia, y he conseguido hablar inglés,
además de alemán. No sé quién eres, y quiero ayudarte porque Mary, la mujer de
la posada, me lo ha rogado.
>>Así
que ahora estoy aquí, esmerándome en no perder la paciencia y dejarte aquí
tirado, tan perdido como antes, o quizás más aún, solo por tu crueldad y tu
frialdad. No juegues conmigo, Blas, porque quien juega con fuego se acaba
quemando. Y créeme, yo puedo ser ese fuego.
Y,
en efecto, la mirada que clava en mí arde de furia contenida, y utiliza como
combustible las palabras que se calla y las ganas de dejarme solo. Y comprendo
que quiere ayudarme, y que seré un idiota si no la acepto.
—De
acuerdo, Danielle. Puedes ayudarme, y yo he sido un idiota al tratarte de esta
forma. Perdóname. Y ahora, ¿qué es eso que tienes que darme?
Ella
sonríe, se da la vuelta y rebusca en la mochila que ella también lleva hasta
dar con un papel arrugado, y doblado en cuatro.
—Es
un mapa. Me lo dio Mary para ti, para cuando te encontrase. Me pidió que te
diese también esta nota, para que la leas primero.
Se
saca una nota del bolsillo y me la entrega. Es una vieja carta, con la tinta
corrida en algunas partes, e ilegible en otras. Pero la caligrafía es
totalmente reconocible.
Una
lágrima se resbala por mi majilla, y me la enjugo avergonzado de que Danielle
me vea llorar. <<No seas idiota, me reprendo a mí mismo, tienes que ser
fuerte y no llorar>>.
—¿Qué
ocurre, Blas? ¿De quién es esa carta?
Levanto
la mirada y esbozo una sonrisa torcida:
—Es
de mi madre.

Holaa!!! ^^ Soy Raquel de PA . Me has dicho que comente aqui , asi que lo hago xD Decirte que.. Espero que sigais la histo prontoo !! ^^ Me deja con mucha intriga y , sinceramente , no se si Danielle es mala o buena.. Aunque eso supogo que ya se descubrira xD Me encata esta histo , de verdad :) Seguire leyendo vuestros capis !! :D Os quieroo LL Un besooo <33
ResponderEliminar