viernes, 2 de agosto de 2013

Capítulo 2: Blas.

Danielle Orange

El campo da miedo. Hace dos kilómetros que he llegado a esa conclusión, y sigue sin parecerme seguro, y mucho menos confortable. Tengo que llegar al final para poder dormir por fin. Lo malo de todo esto, es que el fin no parece llegar nunca. Subo una colina, pensando que, al llegar a la cima, veré por fin el bosque, o un pueblo, y solamente me encuentro con más descampado y hierba muerta.
Lo más cercano es un pueblo pequeño, de una treintena de habitantes más o menos, según el plano. Lo consulto de nuevo. No me queda mucho.
De hecho, ahora mismo estoy plantado sobre la plaza mayor. El mayor problema reside en que, justo a mi lado, no hay nada. Está tan desierto como los últimos kilómetros que he recorrido, desde que abandoné el pueblo del borde. Y como los que me quedan a la vista.
No puedo más. Tengo que descansar.
Apoyo mi mochila en el suelo y me dejo caer a su lado. Aparto un par de piedras con el pie y me pongo a dibujar en la tierra con un palo. Dibujo concentrado, con los ojos entrecerrados y las cejas fruncidas, como cada vez que lo hago. Mi hermana Luna siempre se reía de mí cuando me veía, aunque hacía ya dos años que no lo hace. Los dos años que han pasado desde la última vez que la vi. Sabía de ella por sus extensos correos electrónicos, pero he dejado de leerlos y, por supuesto, de contestarlos, por seguridad. También he borrado mi cuenta de correo. Incluso cambié mi vieja BlackBerry por uno de esos ladrillos con teclas de los señores mayores, esos que es imposible rastrear.
Porque nos siguen.
Lo he comprobado. Alguien sigue mis pasos, mientras vigilan el orfanato de mi hermana.
Yo también había ido a ese orfanato. Cuando asesinaron a mis padres, hace ya muchos años. De hecho, hoy se cumplen siete años desde que me los encontré en el recibidor, sin vida, después de haberme quedado debajo de aquella mesa de madera, abrazado a mi hermana, consolándola. O consolándome a mí. Nunca sabré qué sentí en aquel momento. 
Dejo mi mano quieta por fin, observo la tierra removida. Y esbozo una triste sonrisa, semejante a la de la persona dibujada en el suelo. Porque he dibujado a una persona. En concreto, a tres. Una pareja joven, de unos treinta años, me observa con una sonrisa en los labios. El brazo de él rodea los hombros de ella, y la otra mano está posada en el cabello de una niña pequeñita que está agarrada a la mano de la mujer. Está peinada con dos trenzas de espiga, y me sonríe también, abrazada a una muñeca de trapo, que tiene una trenza hecha y la otra despeinada.
Echo de menos a mi familia. Echo de menos a mi hermana. Salí del orfanato el día que cumplí los dieciocho en busca de la verdad, y todo lo que he encontrado es el mapa que me ha traído aquí, a un lugar absurdo, en medio de la nada, donde todo es tan penoso como mi vida desde que alguien asesinó a mis padres.
El plano lo encontré en una cuenta secreta que tenían mis padres, y cuya contraseña era demasiado fácil, lo que me lleva a sospechar que querían que me encontrase de cara con este plano en caso de que muriesen. Su trabajo sigue sin quedarme claro pero, por muy fantástico y absurdo que suene, creo que viví con dos espías del gobierno toda mi vida y no lo sabía.
Eso es lo peor. Saber que sabían que iban a morir. Que iban a matarlos. Que íbamos a quedarnos solos.
Suspiro mirando mi dibujo, y me entran ganas de llorar, pero las retengo y miro la arena fijamente.
Los ojos de tierra de mi familia se clavan en mí antes de que pase la mano sobre el dibujo y lo borre, como trato de hacer con mis pensamientos antes de volverme y sacar un tupperware de la mochila. De él saco un trozo de empanada y devuelvo el tupper a la mochila. Mientras como, me imagino a mi hermana comiendo también, con sus amigos, y por un momento añoro la comida del orfanato. Pero es solo un momento, porque al momento siguiente oigo unas pisadas y me levanto corriendo, dejando caer el palo con el que dibujé a mi familia.
Es una chica. La veo desde antes que trepe la colina. Es distinta, es el único adjetivo que se me ocurre para describirla. Después, me doy cuenta de que no estoy siendo justo y la observo nuevamente. En realidad, no es tan diferente. Es solo que no se parece a las chicas del orfanato, que eran todas iguales. Tiene un toque especial.
Su cabello, rojo como el fuego, llama la atención desde la lejanía mientras se acerca. Cuando se acerca a mí, sin miedo, veo que sus ojos son azules, algo oscuros, misteriosos y, hay que admitirlo, preciosos. Son hipnotizantes. Tiene las mejillas sonrosadas, pómulos altos y la frente escondida tras un flequillo ladeado. Sonríe, y no tengo ni idea de por qué. Es de altura normal, aunque parece más alta al estar subida a esas botas de tacón. Las miro dos veces, sorprendido de que pueda haber llegado hasta aquí con esos tacones.
Lleva un peto corto vaquero, con una camisa de cuadros rojos debajo. La melena se la ha recogido en una coleta alta y, con la cara despejada, es guapa. No es belleza de portada de revista, pero tiene algo que te fuerza a mirarla dos veces. O, por lo menos, a mí me ha ocurrido.
Y entonces, su sonrisa se ensancha al mirarme y extiende una mano, haciendo tintinear dos pulseras finitas.
—Hola. Soy Danielle Orange. ¿Qué estás haciendo aquí, solo?
—Puede que lo mismo que tú, puede que algo distinto.
—Bien, hombre sin nombre. ¿Buscas tú también a Blas?
—¡¿Qué?!
—¿Eres tú, verdad? Ellos me lo dijeron. Sabían que estarías aquí, fueron los que te dieron comida. Por cierto, espero que te guste la empanada, la hice yo.
—Vaya, gracias. Pero, ¿de qué conoces a los señores?
—Me ayudaron. Bueno, Blas. ¿Qué estás buscando? He venido a ayudarte. Los abuelos me han pedido que te eche una mano, y eso voy a hacer.
Parece tan segura cuando habla, le pone tanto aplomo… Pero es absurdo. No sé quién es, ella no sabe quién soy, y yo trabajo solo. No voy a permitirle ayudarme. No la necesito.
—Mira, Danielle. Sé que lo haces con buena intención y todo eso, pero yo trabajo mejor solo. Así que gracias por tu ofrecimiento, pero creo que continuaré sin ti.
Y, dicho esto, me doy la vuelta, me cuelgo la mochila al hombro y continúo mi camino. Pero parece que no es tan fácil librarse de esta chica. Se oye un taconeo contra una piedra y la chica vuelve a mi lado, caminando a mi paso, por mucho que me apresure. Pero tampoco es plan de correr, y el páramo no es mío, así que me digo que no importa compartir su compañía, mientras no se meta en mis cosas.
Así que me giro y vuelvo a encararla.
—A ver. Lleguemos a un acuerdo. Siempre se puede llegar a uno. ¿Por qué me sigues?
—Quiero ayudarte. —Su simple y llana respuesta me hace fruncir el ceño.
—¿Y cómo pretendes ayudarme?
—Eso es lo que no me has dejado decirte. Tengo algo para ti.
—No voy a aceptar nada a menos qué me digas quién eres en realidad y de dónde se supone que has salido. Y por qué quieres ayudarme. ¿Qué significa esto? ¿Quién demonios eres?
—Lo que recuerdo es lo que te he dicho. Me llaman Danielle Orange, tengo veinte años y he vivido desde que tengo memoria con la pareja que regenta la posada del pueblo del borde. En estos dos años he aprendido lo que la gente normal aprende en toda su infancia y adolescencia, y he conseguido hablar inglés, además de alemán. No sé quién eres, y quiero ayudarte porque Mary, la mujer de la posada, me lo ha rogado.
>>Así que ahora estoy aquí, esmerándome en no perder la paciencia y dejarte aquí tirado, tan perdido como antes, o quizás más aún, solo por tu crueldad y tu frialdad. No juegues conmigo, Blas, porque quien juega con fuego se acaba quemando. Y créeme, yo puedo ser ese fuego.
Y, en efecto, la mirada que clava en mí arde de furia contenida, y utiliza como combustible las palabras que se calla y las ganas de dejarme solo. Y comprendo que quiere ayudarme, y que seré un idiota si no la acepto.
—De acuerdo, Danielle. Puedes ayudarme, y yo he sido un idiota al tratarte de esta forma. Perdóname. Y ahora, ¿qué es eso que tienes que darme?
Ella sonríe, se da la vuelta y rebusca en la mochila que ella también lleva hasta dar con un papel arrugado, y doblado en cuatro.
—Es un mapa. Me lo dio Mary para ti, para cuando te encontrase. Me pidió que te diese también esta nota, para que la leas primero.
Se saca una nota del bolsillo y me la entrega. Es una vieja carta, con la tinta corrida en algunas partes, e ilegible en otras. Pero la caligrafía es totalmente reconocible.
Una lágrima se resbala por mi majilla, y me la enjugo avergonzado de que Danielle me vea llorar. <<No seas idiota, me reprendo a mí mismo, tienes que ser fuerte y no llorar>>.
—¿Qué ocurre, Blas? ¿De quién es esa carta?
Levanto la mirada y esbozo una sonrisa torcida:
—Es de mi madre. 

miércoles, 31 de julio de 2013

Capítulo 1: Luna.

Luna Puebla ~ Narradora


Hoy hace 7 años que murieron mis padres. Hubo un asesinato en mi casa cuando solo tenía 9 años. Mi hermano Blas y yo nos quedamos solos y tuvieron que llevarnos a un orfanato. Ahora tengo 16 años y estoy completamente sola. Al cumplir los 18 te tienes que ir del orfanato y Blas hace dos años que se fue. Él intento adoptarme pero como no tenía dinero para cuidarme no pudo. Más tarde le dieron un trabajo en Dublín y tuvo que irse, pero antes me prometió que cuando pudiera volvería.
Intento no ponerme a llorar ya que no estoy en el mejor sitio para expresar mis penas. Intento atender en clase pero es imposible, estoy demasiado triste. De repente un papel con pinta de notita aterriza en mi mesa, lo abro y veo que es una nota de mi amiga Marta.
Marta es una de mis dos amigas del orfanato. Tiene el pelo liso, rubio y con mucho volumen, nunca he visto un pelo tan perfecto como el de Marta, es muy alta creo que más o menos medirá 1’80, suele vestir con ropa de marca, normalmente vaqueros pepe jeans, camisetas de la bandera británica (cada vez de unas) y unas converse de color azul con los cordones de varios colores fosforitos. La verdad es que no sé de donde saca el dinero para comprar las cosas que tiene. Marta tiene 17 años y está en mi curso pero no porque haya repetido, si no porque cuando vivía con sus padres la maltrataban y en vez de ir al colegio la hacían trabajar en casa. Cuando llegó al orfanato tenía seis años y
nunca había ido a la escuela. Tuvo que empezar de cero pero era muy lista y la fueron subiendo cursos aunque solo ha subido tres cursos y no creo que vaya a subir más. Ella también tiene solo dos amigas, es muy maja solo que hace dos años, en el comedor del orfanato, le lanzó un cuchillo a un niño que la estaba molestando, no le dio pero desde entonces tiene mala fama, lo que me parece una tontería porque es muy simpática.
En la nota pone esto: ¡¡Importante!! Ven a las 7:30 a mi habitación. Tenemos que hablar. Marta
La miro y le hago un gesto afirmativo con la cabeza, supongo que no es nada importante pero no quiero fallarle a Marta porque cuando yo llegué al orfanato ella ya estaba, me ayudó a integrarme y a superar la muerte de mis padres así que se lo debo.
-Luna, repite lo que he dicho- Dice mi profesora.
Me tiene manía. Estoy segura. Nadie estaba atendiendo pero justamente me tiene que preguntar a mí, que casualidad.
Mi profesora se hace llamar Hª Conxa, con x. Es una monja, pero no lleva ni habito ni velo, suele ir vestida con camisas, faldas y zapatos (que en mi opinión son de hombre) todo muy pasado de moda. Me da religión y matemáticas. Creo que es la profesora más odiada de todo el orfanato, nunca ha sonreído (que yo sepa) y le gusta mucho castigar a la gente. Es muy gorda y bajita, tiene el pelo gris y corto y una cicatriz en la frente que da mucha grima cuando la miras.
-Mmm… No lo sé…-Digo, ¿Para qué mentir? Aunque hubiera atendido no me hubiera enterado, se me dan fatal las matemáticas.
-Hª Conxa, Luna no ha estado atendiendo porque se ha estado pasando notitas con Marta.
Como todo colegio (orfanato, reformatorio etc.) normal, siempre hay una chica irritante que le gusta hacerle la vida imposible a las más frikis (como yo). Ese es el caso de Abigail.
Abigail llegó al orfanato cuando tenía 12 años (yo también). Sus
padres ni han muerto, ni la han abandonado, si no que su madre es
periodista y su padre actor y como trabajan mucho no la pueden tener en casa, pero cada poco tiempo vienen a visitarla. Tiene el pelo marrón clarito y los ojos azules. Ella también viste con ropa de marca, pero aunque me cueste admitirlo, mejor que Marta. Hoy llevaba un vestido de la marca Ralph Lauren azul clarito que le queda genial porque le combina con los ojos. A mí no me cae bien, ni a Marta, pero se ve que a todo el mundo sí y yo, por desgracia, comparto cuarto con ella.
-Luna, trae eso aquí ahora mismo- Dice (o grita) la Hª Conxa.
Me levanto y con paso lento me voy acercando a donde está sentada, le doy la nota y me vuelvo a sentar. La Hª Conxa no es de las que te dejan pasar notitas así que me imagino que tendremos castigo.
-Me temo que a las 7:30 no estaréis disponibles porque vais a estar limpiando los baños.
Limpiar los baños, un castigo muy típico de la Hª Conxa, no es la
primera vez que tengo que limpiarlos, la semana pasada también tuve que limpiarlos, y no es que sea un castigo muy agradable…
Miro a Abigail que como siempre que me ponen un castigo tiene una
sonrisa en la cara y que me susurra: “Pringada”.
También miro a Marta, ella en vez de insultarme me sonríe, suele ser positiva en todo, incluso cuando le castigan.
Acaba la clase de matemáticas (¡¡Por fin!!), me levanto y voy hacia la puerta con los libros de mis siguientes asignaturas pero cuando voy a salir, noto como alguien me empuja. Es solo un segundo pero suficiente para hacer que pierda el equilibrio.
Me caigo y todos los libros se me esparcen por el suelo. La gente que entra y sale me pisotea a mí y a los libros. De repente veo como dos personas me dan la mano para ayudar a levantarme, una es la de Marta y la otra es la de un chico al que no he visto nunca.
El chico tiene el pelo marrón claro y va vestido con una camiseta
negra y unos vaqueros. Entonces me fijo en sus ojos, son de color miel que me suena haberlos visto antes, solo que él no me suena de nada.
Cojo sus manos que estiran para que me levante.
-Gracias-Digo dirigiéndome especialmente al chico.
-No hay de que-Dice Marta- Venga va, te acompaño a tu siguiente clase. ¿Qué te toca?
-Valenciano, con Empar.
Me giro para ver si sigue el chico y también me va a acompañar, pero ya no está…
-Ok, vamos
El aula de valenciano está cerca, lo suficiente cerca para que a Marta no le haya dado tiempo a preguntar por el chico, pero no lo suficiente cerca para evitar pasar por una pared. Pero no es una pared corriente.
Es la pared que más odio en el mundo, la que me hace sentir mal cada vez que paso por su lado, y la razón de eso es que en la pared pone en rotulador negro permanente “No te queremos”, pero no siempre ha puesto eso, antes ponía: “Luna no te queremos”. Solo que las dos únicas amigas que tengo se pasaron toda la mañana de un día limpiándolo para que no me sintiera mal.
Llegamos a clase y Marta me dice:
-Bueno, aquí está tu parada-Me da un abrazo y se aleja- No te creas que te has librado de contármelo.
Le hago un gesto con la mano y me quedo en la puerta pensando que
hacer. Es obvio que si entro me van a reñir por llegar tan tarde
(¡¡Pasan 15 minutos!!) y si no entro me voy a llevar un castigo de los buenos, así que tengo que entrar.
Entro en clase y todos me miran (Lo que faltaba, ser el centro de atención) La profesora es bastante buena (si no le pillas en un dia malo). Tiene el pelo cataño, ondulado por los hombros, los ojos oscuros marrones oscuro casi negros y es muy alta. Tiene de 35 a 43 años (vamos, yo le hecho esos) Lleva una camiseta morada, unos vaqueros, unas botas y un pañuelo en el cuello. En general es bastante simpática y explica muy bien, lo malo de ella es que tiene una voz que hace que te duermas.
-Luna, per qué arribes tan tard?
-Ho sent, he tingut un problema, no tornará a pasar
-Això espere, sentat.
Me dirijo a mi sitio al final de la clase, en clase estamos sentados por parejas elegidas por nosotros, yo voy sentada con mi otra amiga del orfanato (y de todo el mundo, vamos), Lorena.
Lorena llegó al orfanato a los tres años, su familia, ella, sus
padres, su hermana de cinco meses y su hermana gemela viajaban a
Noruega unas navidades y tenían que llegar a una casita arriba de una montaña pero estaba todo nevado y su coche resbaló y cayó montaña abajo, sobrevivieron ella y su hermana pequeña aunque murió en el hospital a causa de las heridas. Ella y yo nos entendemos bastante a causa de eso (que nuestros padres murieron). Lorena es muy buena persona, trata con cariño a todo el mundo (incluida Abigail) y ayuda a los demás aunque le hayan hecho pasar un mal momento. Tiene el pelo castaño, los ojos azules, la piel bastante pálida, solo que a ella le queda bien, y una altura normal para su edad. No suele ir vestida de una manera en especial, cambia mucho el tipo de ropa, una vez incluso
se puso un chándal y al día siguiente un vestido muy bonito de palabra de honor. Hoy lleva una camiseta con un dibujo en blanco y negro de una chica sacando una foto, una chaqueta vaquera, unos pantalones vaqueros azul claro (que por cierto son míos) y unos botines.
-Hola- La saludo
-Hola, ¿Qué te ha pasado? Y no me vale un problema, quiero detalles.
-Se me había perdido un libro
-Eso no te lo crees ni tú, te lo volveré a preguntar ¿Qué te ha
pasado? Y no quiero otra mentira.
Esa es otra característica de Lorena, sabe cuando estás diciendo una mentira.
-Xiques, silenci, estic diguent una cosa que entra a l’examen
Miro a Lorena con cara de “que se le va hacer” e intento atender a la explicación de Empar, lo que me resulta un poco difícil por su voz.
La clase de valenciano (como siempre) se me hace eterna, Empar no ha parado de explicar cosas que no he entendido, aunque, por suerte no ha mandado deberes.
Lorena y yo salimos de clase las primeras, bueno más bien Lorena sale y me arrastra tras ella.
-Cuéntame lo que te ha pasado
-No es tan interesante…
-Entonces me lo hubieras contado ya, anda va cuéntamelo.
-Vale- Ese vale lo digo de manera que suene vaaaale- Saliendo de
matemáticas Abigail me ha empujado y me he caído yo con los libros, entonces he visto que dos personas me tendían la mano para ayudarme a levantarme, una era Marta y la otra era un chico con ojos de color miel muy guapo que no conocía de nada.
-Entonces, ¿ese chico te gusta?
-¡No! Es solo que he sentido curiosidad- En realidad sí que me gusta un poco pero es que apenas le conozco.
-Ya ya…. ¿Y por eso has llegado tarde?
Cuando estoy a punto de responderle, el chico de los ojos miel pasa por delante nuestro pero nos ve y viene hacia nosotras.
-Hola, tú eres la chica de los libros.

-Encantada, soy Luna.
-Yo soy Ben.

domingo, 14 de julio de 2013

Prólogo: "Molly".



Estoy sentada en el borde de mi cama, peinando a mi muñeca Molly. Le intento hacer dos trenzas, como las mías, pero no me salen. Llevo ya mucho tiempo intentando hacerle una, y todavía no he logrado ni la forma. Estoy empezando a pensar que debería rendirme…

Me acerco al espejo y me voy deshaciendo poco a poco mi trenza para ver cómo se hace. Cuando creo que lo he pillado, vuelvo al pelo de Molly, pero nada. No puedo evitar ponerme a llorar. No me gusta nada que no me salgan las cosas. Lo odio. Me hace parecer más incapaz y patosa de lo que ya soy. Blas tiene razón.

Con tanto alboroto, mi mamá entra en la habitación, preocupada, esperando que no me haya pasado nada.

Mi mamá es muy guapa. Tiene 31 años, porque Blas nació muy pronto; a los dieciocho de mamá, repite siempre papá. Su pelo negro es muy bonito, “como el azabache”, dice papá, y la piel muy blanca. No le gusta tomar el sol. Hoy lleva un vestido de playa azul y unas sandalias marrones.

Me ve en el suelo, y se arrodilla a mi lado, mientras rehace mi trenza y peina del mismo modo a Molly.

—No pasa nada, cariño.

El milagro que ha hecho con mi pelo y con el de Molly demuestra que nunca hace una trenza mal hecha. Luego se pone a cantar. Es ya tradición. Siempre que me pongo a llorar, soluciona mi problema y luego canta, para que deje de llorar. A mí me gusta que cante: me relaja, y me calma.

Cuando termina de cantar entra papá. Él también es muy guapo. Tiene los ojos azules, el pelo marrón clarito, como la madera de mi cama, y es muy, muy alto. Lleva unos vaqueros a la rodilla y una camiseta roja.

Yo no me parezco a ninguno. Mi pelo es naranja y ondulado. Con los ojos verdes, pero ni de lejos tan bonitos como los de mamá. Ella siempre me recoge el pelo en dos trenzas y me pone vestidos blancos y rosas.

Papá, cuando me ve, me coge y me lanza por los aires, como hace siempre que me ve llorar.

—¡Papi, para! —Siempre digo lo mismo, pero nunca quiero que pare, es divertido.

—Pablo, déjala —dice mi madre, como siempre, con una sonrisa.

—Vale —responde mi padre, alargando la “e” tanto como Blas a veces—. ¿Qué pasaba antes?

—Que Luna no sabía hacerse la trenza.

Sí, me llamo Luna. Y me gusta mucho. Mis papás me pusieron ese nombre porque se conocieron, se casaron y me tuvieron con luna llena. Y, además, mamá dice que la luna es tan bonita como yo.

—Podrías bajar abajo a ver la tele, Luna.

Pongo cara de asco. No me gusta la televisión. Me gusta más jugar con Molly.

—Están echando Hora de Aventuras.

Me levanto de un salto, cojo a Molly y bajo corriendo las escaleras que dan al salón. Abajo también están la cocina, el cuarto de estar y el comedor. Y arriba, los dormitorios.

Cuando llego, veo a mi hermano mayor tirado en el sofá, viendo La que se avecina, su serie favorita. Suspiro. De seguro vamos a tener guerra por el mando.

Él también es muy guapo. Se llama Blas, aunque nadie sabe por qué. Tiene 13 años, su cumple es el 31 de Diciembre, y tiene los ojos de papá y el pelo de mamá. Lleva una sudadera azul oscuro Hollyster y unos vaqueros grises. Le adoro. Es muy bueno conmigo. Bueno, menos con el mando.

Blas levanta la vista, me mira, y devuelve su vista a la tele. Me acerco poco a poco, salto de pronto encima de él, me apropio del mando y salgo corriendo.

—¡Luna, para ya! ¡No tiene gracia!

Le ignoro y salgo corriendo, ya que él corre tras de mí, persiguiéndome. Pero la carrera no dura mucho. Al fin y al cabo, corre mucho más rápido que yo. Me quita el mando y se tumba de nuevo en el sofá, abrazando el mando.

—¡Mamá! ¡Blas no me deja ver hora de Aventuras!

Veo a mamá bajar las escaleras, acercarse por detrás y coger el mando.

—¡Devuélveme el mando!

—Tienes una tele en tu cuarto, deja a tu hermana un rato.

—Pero es que ni siquiera me pidió permiso.

—¿Ahora es ese el problema? —Mamá suspira, obvio. No le gusta que peleemos—. Luna, pídele el mando a Blas.

—Blas, ¿me dejas el mando? —pregunto con cara de niña buena.

—Solo si mamá me deja hacer palomitas.

Mamá pone los ojos en blanco. Siempre nos salimos con la nuestra,. No responde, pero eso es un sí.

Blas me da el mando y se va a la cocina. Mi mamá sube de nuevo arriba, y yo cambio de FDF a Boing.

Estoy viendo como Finn y Jake intentan salvar a la Princesa Chicle del Rey Hielo cuando oigo que la puerta de la entrada se abre de un portazo, como si le hubiesen dado un golpe.

—¡Mamá, papá! ¡Venid!

Veo como mis padres bajan corriendo.

—¿Qué pasa? —preguntan a la vez, cosa que me hubiera hecho reír si no hubiese estado tan asustada.

Había visto muchas pelis con Blas en las que los ladrones entraban a una casa, con pistolas y de todo, y mataban a todos sin piedad. No quería que pasase eso.

—He oído entrar a alguien.

—¿Estás segura?

—Yo no miento.

Al segundo, todos nos callamos para ver si es verdad que ha entrado alguien. Y sí, se oyen pasos en el recibidor.

—¡Blas, ven! —llama papá, intentando hacerlo lo más bajo posible.

—¿Qué quieres?

—Coge a Luna y escondeos.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Solo haz lo que te digo. Yo voy a ver.

—¡Voy contigo! —dice mamá.

—Pero ¿qué pasa? ¿A dónde vais? Me estáis asustando. ¡Contestadme!

Pero mis padres ya se van al recibidor, donde oímos los pasos.

Blas me mira desconcertado, y luego se encoge de hombros.

—Bueno, ¿dónde quie…? ¡DIOS MÍO!

No llega a terminar la pregunta, porque de repente se oyen gritos y tiros, que vienen del… Recibidor. Donde están papá y mamá.

Blas me coge y me mete con él debajo de la mesa del salón. Yo lo abrazo y empiezo a llorar sobre su hombro. Sus películas se estaban haciendo realidad. Quería que parase ya el ruido del recibidor.

Al fin, todo para. Pero ni él no yo nos movemos. Nos quedamos así un buen rato, hasta que al final Blas me suelta y se levanta.

—¿Vienes?

Niego con la cabeza. No quiero ir y encontrarme con lo peor, Prefiero estar aquí, haciendo cualquier cosa. Él se aleja, con la cabeza gacha, y yo me quedo aquí.

Pasa un tiempo, y Blas no viene. Al final, me decido y me levanto. Voy a la entrada pensando: ¿Qué pasaría si papá y mamá estuviesen muertos?

Llego al recibidor, y efectivamente. Allí me espera mi infierno.

Tres figuras yacen en el suelo. Sin vida. Mamá, papá, y… Un hombre, desconocido para mí, con la pistola en la mano. El asesino. Su asesino. Y Blas, en una esquina, llorando, con la cabeza sobre las rodillas. Me acerco y lo abrazo, llorando yo también.



¿Por qué tiene que pasar esto?